Danny y Michael Philippou regresan al cine de terror con una propuesta que lleva su estilo al extremo. Si «Háblame» ya había dejado claro que los hermanos australianos entienden el lenguaje del horror contemporáneo, «Haz que Regrese» lo confirma con una narrativa más cruda, más emocional y mucho más perturbadora.
La película se instala en un terreno incómodo desde el inicio. El duelo, el abandono y la fragilidad emocional de los protagonistas son el punto de partida para una historia que se va transformando en una espiral de violencia y desesperación. El terror aquí no viene solo de lo sobrenatural, sino de lo humano: del dolor que no se procesa, de los vínculos rotos, de la necesidad de aferrarse a lo que ya no está.
Sally Hawkins entrega una actuación inquietante como la madre adoptiva, con una calma que esconde algo profundamente siniestro. Jonah Wren Phillips, en el papel del niño protagonista, logra transmitir una mezcla de vulnerabilidad y resistencia que sostiene gran parte de la tensión emocional. El casting, como ya es costumbre en los Philippou, está cuidadosamente elegido y cada interpretación suma a la atmósfera opresiva.
Visualmente, «Haz que Regrese» es brutal. La fotografía juega con sombras densas y encuadres cerrados que refuerzan la sensación de encierro. El diseño sonoro es otro punto fuerte: cada crujido, cada silencio, cada grito está colocado con precisión para incomodar y envolver al espectador.
La película no busca agradar. Es incómoda, intensa y por momentos difícil de mirar. Pero esa es precisamente su intención: confrontar al espectador con emociones que no tienen salida fácil. El horror aquí no se resuelve con un susto, sino con una herida que se queda abierta.
Con una duración de 104 minutos y clasificación C, «Haz que Regrese» es una experiencia que no será para todos, pero que confirma a los Philippou como voces esenciales del nuevo cine de terror.
Una película que no solo asusta, sino que deja marcas.
Comentarios
0 comments









